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Estado Mundial de la Infancia 2021: En mi mente: Promover, proteger y cuidar la salud mental de la infancia - Resumen regional: América Latina y el Caribe

Pays
Mexique
+ 32
Sources
UNICEF
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UN MOMENTO PARA EL LIDERAZGO EN LA SALUD MENTAL

Miedo. Soledad. Tristeza.

Cuando la pandemia del coronavirus llegó al mundo en 2019, estas intensas emociones se apoderaron de la vida de muchos millones de niños y niñas, jóvenes y familias. Sobre todo al principio, los expertos temían que perduraran y que afectaran a la salud mental de toda una generación.

La realidad es que tardaremos años en evaluar la verdadera repercusión de la COVID-19 sobre nuestra salud mental.

Aunque el virus pierda fuerza, los efectos económicos y sociales de la pandemia perdurarán: afectarán a los padres y las madres que pensaron que ya habían dejado atrás sus peores experiencias y que, sin embargo, vuelven a tener dificultades para darles de comer a sus bebés; afectarán al niño que se quedó rezagado después de meses sin poder ir a la escuela; y también afectarán a la niña que tuvo que abandonar sus estudios para trabajar en una granja o una fábrica. Esos efectos seguirán socavando las aspiraciones y los ingresos conseguidos a lo largo de toda la vida de una generación que se vio obligada a interrumpir su educación.

En efecto, existe el riesgo de que la repercusión de esta pandemia cause estragos en la felicidad y el bienestar de los niños y niñas, las y los adolescentes y los cuidadores durante los próximos años, y ponga en peligro las bases que sustentan la salud mental.

Si la pandemia nos ha enseñado algo es que nuestra salud mental es profundamente sensible al mundo que nos rodea. Lejos de ser simplemente lo que se le pasa a una persona por la cabeza, el estado de salud mental de cada niño y cada adolescente depende mucho de sus circunstancias vitales: las experiencias con sus progenitores y cuidadores, las relaciones que entablan con sus amigos y las oportunidades que tienen para jugar, aprender y desarrollarse. Asimismo, la salud mental es un reflejo de cómo influyen en sus vidas la pobreza, el conflicto, la enfermedad y el acceso a las oportunidades que se les presentan.

Si estas conexiones no estaban claras antes de la pandemia, no hay duda de que ahora lo están.

Esta es la realidad que vertebra el Estado Mundial de la Infancia 2021.

Un problema olvidado

De hecho, lo que hemos aprendido es que la salud mental es positiva y que es un recurso: es lo que le permite a una niña pequeña salir adelante con el amor y el apoyo de su familia y compartir los mejores y peores momentos de su vida cotidiana. Es la capacidad del niño adolescente para conversar y reírse con sus amigos, ayudarlos cuando están desanimados y acudir a ellos cuando el que se encuentra mal es él. Es lo que inspira a una mujer joven a perseguir un propósito en la vida y le da la seguridad de proponerse retos y conseguirlos.

Es la capacidad de una madre o un padre de proteger el bienestar y la salud emocional de su hijo a través del afecto y el apego.

Cada vez se reconoce más el vínculo que existe entre la salud mental y física y el bienestar, así como la importancia de la salud mental a la hora de definir los resultados que se esperan conseguir en la vida. Además, ese vínculo está plasmado en la relación entre la salud mental y los factores que conforman la base de un mundo sano y próspero reconocida en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. De hecho, en este acuerdo suscrito por las naciones del mundo se determinó que la promoción y la protección de la salud mental y el bienestar constituían factores imprescindibles de la agenda mundial del desarrollo.

A pesar de todo, las inversiones de los gobiernos y las sociedades en la promoción, la protección y el cuidado de la salud mental de los niños y niñas, los jóvenes y sus cuidadores siguen siendo insuficientes.

Un momento para el liderazgo

Una de las razones fundamentales que impiden a nuestras sociedades responder a las necesidades de salud mental de los niños y niñas, las y los adolescentes y los cuidadores es la falta de liderazgo y compromiso. Es necesario que los dirigentes mundiales y nacionales y una amplia variedad de partes interesadas suscriban un compromiso (principalmente económico) que refleje la importancia de los factores sociales, entre otros, con miras a fijar una serie de metas en materia de salud mental. Esto tendría importantes implicaciones, ya que nos obligaría a centrar la atención en el objetivo claro y compartido de proteger a los niños y niñas, las y los adolescentes en los momentos más decisivos de su desarrollo, con el fin de minimizar los factores de riesgo y maximizar los de protección.

Además de compromiso, se requiere comunicación: debemos poner fin al estigma, romper el silencio relacionado con la salud mental y velar por que se tenga en cuenta la opinión de los jóvenes, especialmente la de quienes han sufrido trastornos de salud mental. Si no se les escucha y no se promueve su participación y su compromiso, no será posible desarrollar iniciativas y programas relevantes en materia de salud mental.

Por último, necesitamos acción: debemos ofrecer más apoyo a los progenitores para que puedan ayudar mejor a sus hijos; necesitamos escuelas en las que se atiendan las necesidades sociales y emocionales de los niños y niñas; debemos sacar a la salud mental del “silo” en el que se encuentra sumida en los sistemas de salud y abordar las necesidades de los niños y niñas, las y los adolescentes y los cuidadores en una variedad de contextos, entre ellos la crianza, la educación, la atención primaria de salud, la protección social y la respuesta humanitaria; y debemos mejorar los datos, las investigaciones y las pruebas con el fin de ampliar nuestro conocimiento sobre la prevalencia de las enfermedades de salud mental y mejorar las respuestas.

Un momento para la acción

La pandemia de COVID-19 ha dado un vuelco a nuestro mundo y ha creado una crisis mundial sin precedentes en nuestra historia. Ha planteado graves preocupaciones sobre la salud mental de los niños y niñas y las familias durante los confinamientos, y ha demostrado con suma claridad que lo que sucede en el resto del mundo puede afectar a nuestro mundo interior. Asimismo, ha puesto de relieve la fragilidad de los sistemas de apoyo a la salud mental en muchos países, y ha subrayado (una vez más) que estas adversidades afectan de manera desproporcionada a las comunidades más desfavorecidas.

Sin embargo, la pandemia también nos ofrece la oportunidad de reconstruir un mundo mejor. Tal y como expone el presente informe, conocemos el papel fundamental que desempeñan las madres, los padres y los cuidadores en la tarea de marcar el rumbo de la salud mental desde la primera infancia; somos conscientes de la necesidad de apego que sienten los niños y niñas y las y los adolescentes; y sabemos que la pobreza, la discriminación y la marginación pueden tener un profundo impacto sobre la salud mental. Si bien queda un largo camino que recorrer para formular respuestas, ya conocemos la importancia de las intervenciones básicas, entre ellas acabar con el estigma, apoyar a los progenitores, crear escuelas solidarias, trabajar en todos los sectores, instituir plantillas sólidas de trabajadores de salud mental y establecer políticas que promuevan las inversiones y que asienten una base robusta para la salud mental y el bienestar.

El presente nos brinda la oportunidad histórica de comprometernos, comunicar y actuar con el fin de promover, proteger y cuidar la salud mental de toda una generación. Podemos ayudar a la próxima generación a crear herramientas que les permitan cumplir sus sueños, desarrollar su potencial y contribuir de manera significativa al mundo que les rodea.